INMORTABILIDAD II
Rano-Cuano solía pasar mucho tiempo en el bordecillo del pozo, al lado del cubo que servía para acercar el agua hasta los mortales. En Cecina siempre, o casi siempre, hacía buen tiempo, menos cuando se jodía. Pero Rano-Cuano disfrutaba de muchas tardes apacibles observando a los pájaros (Pico-Pollo, del que quizás hablemos un día, entre ellos) y a los aguiluchos. –IIGGHH, IIGGHH – También le gustaba observar a las libélulas que en aquellos tiempos flotaban a sus anchas por doquier (un beso, Eva). Se reía de los caracoles –acelera!– y de los tábanos que se perdían si se chocaban muchas veces contra el cubo (llamado pozal en otros sitios). Ya digo que Rano-Cuano se lo pasaba teta el tío. Y es que ¿hay algo más hermoso que sentarse a contemplar la vida que hay alrededor de uno? Ahí veía a las ovejas y a las abejas, al pastor y a la pastora (un beso, María), las golondrinas que entraban y salían por las ventanas de la casa vecina, las lagartijas al sol, las hormigas en fila hasta que se separaban, los escarabajos, las cucamonas,… Vamos, un sin fin de bichos, que estaba aquello que parecía la selva de los locos.
Cómo lo pasaba Rano-Cuano…
Qué agustico estaba ahí, el jodido…
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