INMORTABILIDAD IV
Rano-Cuano, agitado y cansado de buscar el sol en el agua, veía por fin como éste desaparecía tras el monte Pucio. Un nuevo anochecer, en pos de un nuevo atardecer. Aullidos lejanos de lobos de roto corazón. Sombras que crecen desde el Este mientras lo que queda de luz corre hacia el ya oculto sol. Si no fuera por ser la hora que sería -extrusión-…
Rano-Cuano se encogió una vez más. Esa hora le desagradaba bastante. Le inquietaba, más bien. Comía, eso sí, como si fuera el último día. Mosquitos, luciérnagas, hormigas, saltamontes y polillas lo inundaban todo y ofrecían un bufete libre a Rano-Cuano, que se ponía hasta el culo de bichos. Pero, héteme aquí que esa noche no había bicho alguno rondando. Rano-Cuano buscaba a diestro y siniestro sin fruto ninguno. Nada se movía en el aire ni entre los hierbajos. Tremenda tragedia. –Daré una vuelta– se dijo sin estar muy convencido, pues la negrura de la noche, que caía como una densa maldición sobre el ambiente, la aterrorizaba. Comenzó su andadura alrededor del pozo, por si las moscas –ironía–. Pero nada. Nada de nada. De pronto, ruidos en el pozo; burbujas, chapoteo después. Y una inhalación a lo loco, a lo loco. -AAAHHHHH!- Aspiró fuertemente Tejo intentando mantenerse a flote en el pozo. –Ayuda!-gritó-Ayuda!- Pero Ayuda, su amiga imaginaria, no estaba.
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